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Un robot humanoide limpió mi apartamento: así se siente el futuro que Tau Robotics vende en San Francisco

Un robot humanoide en un entorno doméstico: el futuro que Tau Robotics promete.
Un robot humanoide en un entorno doméstico: el futuro que Tau Robotics promete.
Un robot humanoide en un entorno doméstico: el futuro que Tau Robotics promete. Imagen: jurvetson / BY vía Openverse.

La periodista Grace Huckins confiesa en MIT Technology Review que no es el tipo de persona que paga por una limpieza: demasiado ahorrativa, y además disfruta fregando la bañera con una esponja mágica mientras escucha un pódcast. Pero cuando vio en X la publicación de un nuevo servicio de limpieza con robots humanoides en San Francisco, reservó sin dudarlo. Su relato es, hoy por hoy, la mejor radiografía de hasta dónde llega —y dónde tropieza— la robótica doméstica.

Qué ofrece Tau Robotics y a qué precio

La startup Tau Robotics está enviando robots humanoides a limpiar casas de San Francisco. En el momento de la reserva, el servicio costaba 30 dólares por una hora de limpieza con un solo robot; ahora la empresa cobra 60 dólares por una limpieza semanal con dos robots, o 100 dólares por una visita puntual. El robot llega a la urbanización en una furgoneta azul, del que bajan ayudando la cofundadora Cornelia Weinzierl y otra empleada.

Lo más importante, sin embargo, es que las máquinas todavía no son autónomas: son pilotadas a distancia por humanos, que observan todo lo que ocurre mediante cámaras montadas en la cabeza y las muñecas del robot. Cada sesión cumple así una doble función: limpiar la casa del cliente y generar datos de entrenamiento valiosísimos para el objetivo real de la compañía. Según Weinzierl, el robot ya puede completar algunas tareas —como aspirar y fregar el suelo— sin ninguna ayuda humana.

Una limpieza con tropiezos (y algún triunfo inesperado)

La primera experiencia de Huckins no fue fluida. El robot se detuvo repetidamente, algo que Weinzierl atribuyó en un principio al sobrecalentamiento de la máquina por el calor inusual del día; resultó que el golpe de calor había afectado al equipo que usaba el teleoperador para seguir el progreso desde la sede. Sin asistencia remota, el robot no podía trabajar, y tanto él como su compañía humana se marcharon antes de que expirara la hora contratada.

Un mes después, una segunda limpieza transcurrió mucho mejor: el robot subió las escaleras con bastante autonomía, aunque con un andar vacilante que la autora describe como una borrachera elegante. En una hora hizo un trabajo aceptable en la cocina —aunque no se atrevió con los fogones— y le ahorró su tarea más odiada: limpiar el inodoro. Los pequeños desastres no faltaron: tiró una botella de aceite de oliva y dejó un grifo goteando, pero volvió a encajar la barra del cepillo del inodoro hasta tres veces, para asombro de la dueña de la casa.

El verdadero negocio: datos para la autonomía

El objetivo a largo plazo de Tau es que los robots de limpieza autónomos sean una realidad, pero el camino es empinadamente empinado: la cantidad de datos necesaria para entrenar a un robot que afronte la variedad y complejidad de limpiar un apartamento es probablemente enorme, y la compañía solo ha completado un par de cientos de limpiezas hasta ahora. Cada casa visitada alimenta ese corpus.

La autora cierra con una advertencia incómoda: si los robots autónomos de limpieza llegan de verdad, el coste humano puede ser elevado. Millones de personas trabajan en limpieza doméstica e institucional, y la política estadounidense está lejos de estar preparada para absorber ese impacto. Por ahora, los robots son lentos, torpes y dependen de pilotos humanos. Pero, como admite Huckins, ya existen humanoides capaces de limpiar tu inodoro y fregar tu suelo. Y eso, con todas las cautelas, sabe a futuro.

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